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jueves, 9 de febrero de 2023
martes, 31 de enero de 2023
jueves, 26 de enero de 2023
HISTORIAS DE TERROR Y MISTERIO: EL PUEBLO MALDITO DE ORIENTE
El pueblo maldito de Oriente
Corría el año 1989, yo apenas contaba con 17 años recién cumplidos ese verano en el que la canción de moda era "La Lambada", y terminando unas hermosas mini-vacaciones en Reta, luego de una alocada noche en una fiesta que no recuerdo porque motivo se celebraba en un club de Copetonas, subimos al auto algo pasados de alcohol y como obvia consecuencia, perdimos la caravana de coches de regreso al balneario y la desdicha hizo que encontremos el pueblo maldito de Oriente; que, sepan diferenciar queridos suscriptores, no es el pueblo de Oriente. El que está cruzando el Quequén Salado o Mulpunleufú viniendo de Copetonas por la 72 y cruzando el puente nuevo; ni tampoco por el camino a La Cascada cruzando el puente viejo de la usina; tampoco es población cercana al balneario, ya que no se cruza el río, -o tal vez si-; y no puedo decirles si está cerca de la Cueva del Tigre, escondite del bandido rural, Felipe Pacheco, conocido como el Tigre de Quequén; o más para el lado de Reta. Porque es pueblo que solo encuentran quienes han perdido su rumbo, los perdidos, más allá de la orientación geográfica, sabrán entender que al encontrar el pueblo maldito de Oriente, es porque están perdidos en tiempo y espacio, porque aquel pueblo y sus características no son admisibles en el reino de la cordura.
Al ingresar al pueblo, por lo que aparentaba ser la calle principal que se encontraba cubierta de lo que semejaba ser de adoquinado pequeño que parecía moverse, note que se trataba de un lugar evidentemente muy antiguo, faroles en cada esquina surgiendo de columnas hexagonales u octogonales de hierro fundido eran la iluminación escasa y aparentaban ser incandescentes o a mecha combustionando cera, el resplandor de los parabrisas empañados no me dejaba distinguirlo con certeza. Pese a lo avanzado de la hora -al menos la hora real de donde proveníamos- el pueblo se encontraba con mucha gente caminando por las calles, apenas a unos metros de conducir note con sorpresa (y algo de repulsión) que la calle tanto como las veredas estaban plagadas de lo que parecían ser anfibios, batracios y/o reptiles, -cosa que me había hecho creer anteriormente que los adoquines se movían- todo el tiempo sentía como los aplastaba con las ruedas del auto tal era la cantidad, y en las veredas los hombres caminaban pisándolos, también indiferentes pese a que todos se movían pesadamente como sin ninguna prisa o lugar donde concurrir o de donde provenir. Intercambiamos miradas extrañadisimos con Abel, sabiendo y sintiendo nuevamente que habíamos cruzado esa línea, que nos separaba de la extraña dimensión alterna a la realidad de las personas, estábamos ante uno de los tantos misterios de nuestra provincia, esta vez uno nuevo, no buscado.
A medida que incursionaba en aquel extraño pueblo no identificado, fui notando que la gente -los hombres- eran parecidos entre sí, casi podría decir que no podría diferenciarlos, y ya dando la vuelta a la izquierda al ver que allí sería la plaza, -que la había, como en todo pueblo- e insisto, pese a la hora, veía hombres y niños en ella, pude notar también con aprehensión -y podría decir algo de espanto- que había un alto porcentaje de niños deformes, que parecían conscientes del rechazo que producía verlos y lo disfrutaban, ya que a mi paso todos detenían sus indistinguibles actividades (no semejaban ser juegos), y me observaban con sus sonrisas -si es posible llamarles sonrisa- de satisfacción posiblemente al ver, (o sabiendo) de mi expresión facial horrorizada...
Giré a la izquierda justo para ver el único cartel visible hasta ese momento y que rezaba "A la Estación" solo así, sin nombrarla, como si la estación -y tal vez el pueblo- no tuviera nombre, pero hice caso omiso, el cartel indicaba una dirección perpendicular a la calle principal y se adentraba en algo así como un callejón, pero mucho más oscuro que el resto de las calles donde se veían sombras que no me daban mucha confianza, adivine casi un gesto de alivio de Abel con el rabillo del ojo al comprobar que no había decidido ir por el camino "a la estación"; un nuevo giro a la izquierda luego de transitar la calle paralela a la principal viendo cada vez más niños que con su deformidad facial ensayaban muecas a nuestro paso y las oscuras sombras de los hombres mayores que quizás los acompañaban, pero que en ningún caso alcanzaba a ver sus rostros, (no quieren mostrarme que todos son iguales, pensé) mientras un pensamiento aún peor se habría paso "tal vez no tengan rostro".
Retomando la calle principal, debido a que curiosamente podía darse la vuelta completa a la plaza sin encontrarse con una calle contra mano porque al parecer todas las calles eran doble mano o al menos esta no estaba identificada, (así como tampoco su nombre, pensaba) seguí conduciendo por la calle principal hasta que tome conciencia que los hombres que transitaban cansinamente las veredas era gente sucia, vistiendo antiguos atuendos, y nadie sonreía (porque no tienen rostro salvo los niños) pensé en ese momento, y cuando estaba a punto de dar una vuelta en "U" en la misma calle principal, ya que me atemorizaba que podría encontrar en calles paralelas, crucé un antiquísimo colectivo que parecía ser un Chevrolet de la década del 30, con capacidad para no más de 7 pasajeros al cual no veía mucho, pero que en un momento donde uno de los faroles me permitió mirar su interior, pude ver que 3 hombres al menos viajaban en él y horrorizado confirme que al menos 2 de ellos aparentaban ser gemelos y el tercero a quien no había podido ver se encontraba de espaldas girando su cabeza a mirarnos justo en el momento en que la luz se perdía, pero podría jurar que era igual a los otros dos, en ese momento y habiendo perdido el cruce de calles, divise en la siguiente cuadra, lo que parecía ser el único lugar que había abierto en una esquina de la mano contraria, el cartel sobre la puerta solo decía "Bar", continué a escasa velocidad por la destruida calle principal, oyendo los crujidos de batracios o anfibios romperse los huesos y siendo aplastados ante el peso del vehículo al pasarles por encima las ruedas, advirtiendo también que lo que en principio creí que era un adoquinado, no era más que escombros del material en que estaban hechas todas las casas, con mucha cal y con la tosquedad de un horno de barro. Tan solo una cuadra más y el pueblo se terminaba, un camino, que ahora veía era un camino costero perpendicular a la calle principal daba fin al lugar y como de repente tras de mí el colectivo volvía de su absurdo recorrido de apenas 5 cuadras, ya que había alcanzado a ver que el mismo solo daba la vuelta a la plaza (sin municipalidad, sin escuela y sin iglesia a su alrededor) y retomaba la calle principal hasta el inicio del pueblo al lado contrario de donde estábamos y por donde habíamos llegado, le di paso y volví a ver caras similares (ahora las que iban sentadas del lado opuesto) sin querer observarlas demasiado, el pequeño colectivo siguió, dio la vuelta en aquella especie de rotonda que daba fin al pueblo y que era también la calle costanera desde donde divisaba un puente que se internaba en el mar, entre las olas, de las cuales apenas escuchaba un suave murmullo.

El puente debió haber sido de ferrocarril, ya que a la distancia no tenía aspecto de ser transitable porque se podía observar la luz tenue de la luna entre los durmientes, sino un puente de cemento de un ferrocarril que no existe ni existió nunca, una vía por la que no pasa y nunca paso ningún tren salvo uno fantasma que la providencia ayudo a que yo no viera, pero que tal vez me espera en algún oscuro rincón de mi futuro, que sin duda me depara nuevos terrores.
Continué dando la vuelta a la rotonda detrás del colectivito que se alejaba a mayor velocidad que mi vehículo (no quería alcanzarlo y ver detalles de el) sin que bajara ningún pasajero, el absurdo recorrido era al parecer eterno, y al ir acercándonos al local abierto (El Bar) y donde tenía decidido bajar en acuerdo tácito con Abel ya que rara vez era necesario hablarnos cuando acordabamos algo; estaba con muchas ganas de orinar primero, y terminar de emborracharme después, las luces se atenuaban a medida que me acercaba y lo que parecía ser un lugar agradable fue convirtiéndose ante mis ojos en lo que realmente era, un lúgubre antro de deformes seres que nos miraban bajar del auto y caminar hacia la puerta que se encontraba en medio de la ochava.
Habiendo pasado el punto de no retorno, tal vez imaginamos que si retrocedíamos y volvíamos al auto algunos saldrían el "bar" a increparnos, entramos intentando por todos los medios no hacer contacto visual con nadie, pero sintiendo pesadamente sus miradas y nos dirigimos a una mesa vacía con una amplia ventana que daba a la calle principal desde donde veíamos nuestro auto y perpendicularmente también podíamos observar el mar, el imposible puente de ferrocarril que en el se internaba, la costanera de extraña vegetación en los medanales y la rotonda donde el colectivo bonsái de 50 años de antigüedad retomaría su camino eterno con sus pasajeros idénticos...
Al entrar había visto una puerta que indicaba WC, pero espere, aún podía contener unos minutos, un tipo grande con aspecto que hoy diría semejante a un ser sacado de la película Piratas del Caribe, rodeo el largo mostrador donde otros tipos se encontraban ante sus vasos, y se dirigió a nosotros, dos cervezas por favor, dije sin que llegara a la mesa, pero aun así lo hizo, una mano grotesca empuñando un inmundo trapo se deslizó por nuestra mesa, nos miró a ambos y volvió tras la barra. Al cabo de unos instantes regresaba con dos Quilmes de 3/4 y dos vasos de chop sorprendentemente limpios, nos servimos y brindamos por nuestra suerte para poder salir de ese lugar. Y acto seguido, termine mi vaso, me serví otro, pero dejándolo en la mesa, me dirigí al baño, como era de esperarse, había letrinas en boxes de madera antigua y gruesa, pero que no alcanzaban más de metro y medio de altura e iniciaban así mismo a medio metro del suelo. Al regresar encontré a Abel encorvado, mirando fijo la mesa, se había puesto el abrigo, aunque hacía calor, transpiraba y parecía temblar.
"¿Qué te paso?" -Pregunte.
No me respondió, pero señalo la barra donde el tipo que nos había servido nos miraba.
"¿Te sentís enfermo?" -Pregunte luego mirando que ni había probado la cerveza, con lo cual no era de la botella de donde provenía su malestar.
Asintió con su cabeza y volvió a señalar la barra y al tipo.
"¿El dueño del bar te hizo algo?" -Pregunte mirándolo y asintió nuevamente con la cabeza.
Atento como estaba a mi amigo, no pude ver que el tipo junto con otros dos que también atendían el lugar se nos acercaron.
"¿Algún problema?" -Inquirió en tono algo amenazante uno de ellos.
Mire a Abel y mirándome por primera vez a los ojos hizo un gesto negativo.
Su mirada era de advertencia hacia mí.
"No, mi amigo parece sentirse mal, solo eso." -Dije tratando de tener mi voz calmada.
Se miraron y hablaron entre ellos en un lenguaje foráneo, indistinguible para mi, quizás incluso de un alfabeto diferente al nuestro.
El que nos habló antes volvió a dirigirse a nosotros mientras el dueño se alejaba como furioso.
"Ni probó la cerveza, y solo El Superior se acercó a él." -Dijo.
"Está bien, nadie está acusando a nadie de nada." -Respondí.
Se alejaron no sin antes intercambiar algunas palabras en ese extraño lenguaje y se perdieron detrás de la barra.
En el bar no me animaba a mirar a nadie más que a los que se hallaban sentados de espaldas a mi por temor a lo que fuera a ver, supe al instante que había categorías o más bien jerarquías entre ellos y fueran lo que fueran, los que se hallaban sentados eran peores que los que jugaban billar, peores que los que se hallaban de pie frente al mostrador, incluso peores que los que atendían el lugar, salvo lógicamente que el que enfermo a mi amigo, que no solo parecía ser el dueño del bar, sino de todo el pueblo. "El Superior" tal como lo habían nombrado sus empleados ayudantes o lo que fueren...
Esperando que sea algo leve y fortuito, dirigí mi mirada a la calle viendo pasar más gente de a pie.
No se veían mujeres, pero las habría, encerradas. Lo sabía como uno sabe ciertas cosas, sin animarse a preguntar o simplemente las sabe porque las sabe, como que si uno mira fijamente al sol puede quedarse ciego, uno no recibe jamás esa advertencia de sus padres o en la escuela, simplemente lo sabe y así era. Y así siempre sería que sabía muchas cosas y esta no escapaba al alcance de esa norma, regla o lo que fuere que nos rige, y temía estar en lo cierto, pero en este pueblo las mujeres estaban encerradas por alguna razón que tampoco me animaba a preguntar. Tal el horror que me embargaba.
Había una televisión funcionando sin que yo entendiera que es lo que había sintonizado, pero cuando tome conciencia del aparato y quise ver que mostraba la pantalla alguien lo apago como si no quisieran que yo tuviera un escape a una realidad que no fuera la de ese encierro o tal vez alguna otra cosa, tal vez no quisiese que viera que las imágenes que mostraba no eran normales como nada era normal en aquel lugar.
Cuando el TV se apagó solo se escuchaba una radio donde nunca nadie hablaba, solo pasaba una música instrumental e ininteligible, de tal modo que no podía identificarse instrumento alguno de sus sonidos, sin base rítmica y que nunca acababa.
Comencé a darme cuenta de que era un todo, que el pueblo entero estaba en mi contra y podría actuar si yo lo desafiaba, lo ofendía o algo.
El dueño (o El Superior) se había vuelto a acercar a nosotros y parándose al costado de nuestra mesa, volvió a preguntarme -pero claramente en forma sarcástica- por Abel, fingiendo una preocupación deliberadamente digna de poca credibilidad y esperando una respuesta me miraba a los ojos desafiándome, retándome a que rompiera con esa supuesta amabilidad.
Tanta absurda hipocresía me había superado y corriendo un riesgo imposible de calcular, le espeté:
-"¡Usted lo enfermo!"- En un grito por fin liberado.
Los ojos de ese ser dueño del lugar, del pueblo o de lo que fuera festejaron mi atrevimiento y alejándose unos metros de mí, como reculando, pero no retrocediendo, invito a todos en el lugar a venir hacia nosotros sin expresarlo...
No puedo recordar, y no sé cómo escapamos, se que en ese momento saltamos por la ventana y solo tengo memoria de partes de una alocada carrera hacia el auto con Abel apenas pisando, -tal es como lo arrastraba- apenas subir e iniciar la marcha con el pequeño colectivo tratando de cruzarse en nuestro camino (sabía de nuestro atrevimiento y falta de respeto) y los "semejantes" -como luego se me ocurrió llamar a todos esos caminantes de las calles con rostros similares- pesadamente intentando interrumpir nuestra marcha...
Y ya no recuerdo mucho más, salvo salir de la calle principal por donde habíamos entrado y en algún momento retomar el rumbo, al preguntarle a Abel, me respondió que ya no recordaba que le había hecho El Superior, tan vez solo tocarle el hombro dijo, luego me comento que inmediatamente que encontramos el camino al balneario, sus dolencias habían desaparecido, retomamos el rumbo, volvi a pensar... El rumbo lógico, el de la cordura, donde ese pueblo infame y maldito no tiene lugar ni tiempo.
martes, 24 de enero de 2023
viernes, 13 de enero de 2023
sábado, 24 de diciembre de 2022
sábado, 3 de diciembre de 2022
HISTORIAS DE TERROR Y MISTERIO: EL SER VIVIENTE DE GARDEY
El ser viviente de Gardey
Habíamos llegado temprano al pueblo entrando por la Avenida Julio Gregorini, aunque no como todo el mundo, viniendo desde la ruta nacional 226, sino desde el lado opuesto, porque proveníamos desde Barker; de donde habíamos salido por la ruta provincial 80, para luego empalmar con la ruta provincial 74, hasta el retome de la ruta 80; pasando por Vela o María Ignacia y de allí mismo, por el camino Vela-Gardey hasta el pueblo homónimo; con la intención de indagar sobre el secreto mejor guardado de Gardey: El mito o leyenda del ser viviente de Gardey.
Según contaba la historia, y esta se remontaba a tiempos muy anteriores a la fundación del pueblo, con lo cual teníamos muy pocas esperanzas de conseguir algo, había habido en la zona una misión o reducción indígena llamada Nuestra Señora del Pilar, en la cual se dice que fruto de la furtiva lujuria de un capellán -aunque otras fuentes hablan de un soldado- por una particularmente dotada india que muriendo en el parto -y hay quien atribuye su muerte al espanto de ver lo que su cuerpo expulsaba- engendró un ser con tal deformidad, que solo unos pocos clérigos se atrevieron a mirar, algunos enloqueciendo y otros llamando a pacto de silencio sobre el hecho.
Hasta aquí los supuestos hechos que dieron lugar a la fábula, quizás iniciada por algún presbítero testigo presencial, lo cierto es que las crónicas de la época solo narran sobre la muerte de una india, al dar a luz a su hijo también muerto en parto asistido por los misioneros.
Pero la tradición oral había dado cuenta que la criatura -o creatura- había sido conservada con vida, confinada en una oscura sala de lo más recóndito de los sótanos de la abadía hasta su destrucción -no fechada exactamente- pero al rededor de 1751, en manos de un Bravo cacique llamado Cangapol que según cuentan; huyo horrorizado junto con su guardia, al encontrar el engendro en las catacumbas; pero no sin antes incendiar el predio, los misioneros fueron a refugiarse a Buenos Aires, hasta que fueron echados también de estas tierras por el Rey Carlos III; y la creatura debe haberse salvado de alguna manera, ya que más adelante (1823), se la ubica en el Fuerte Independencia (hoy Tandil), luego (1853) en un antiguo casco de estancia llamado también El Pilar (nombre originario de Gardey), después (1884) en un campo lindero al arroyo Chapaleofú Chico llamado Las Horquetas, coincidiendo con la inauguración de la estación, en un suceso poco claro que involucra los hijos de un empresario inglés del ferrocarril y la criatura; y por último -y ya en alguna dependencia del pueblo mismo- allá por los años 20 del siglo XX (o de igual número, los años locos como se llamó a esa década)... Habrá notado el lector, pese a lo escueto de esta reseña -en el cuaderno de notas de mi amigo Abel se encuentran mucos más detalles y fechas en las que se hace mención del engendro en cuestión- que son múltiples y precisos los datos, aunque no hay ni aproximada una fecha de muerte, por lo que se hacen inconsistentes en cuanto a realidad fáctica, dado que de ser todo cierto:
¡La criatura habría tenido una existencia de como mínimo 180 años!
Decía antes -y cabe aclarar ahora- que cada una de las fechas en las reseñas del cuaderno de anotaciones de Abel -que son más que las aquí nombradas- y que es producto de exhaustivas investigaciones sobre el caso por parte de ambos durante años, hay un compendio de referencias a algunas historias particulares, pero teniendo todas un común denominador, y es que una o más personas en los relatos, fueron víctimas de ataques de locura temporales aunque en la mayoría de los casos permanente luego de presenciar al ser viviente de Gardey.
Habiendo aclarado el motivo de nuestra visita a Gardey, vuelvo a la narración de nuestra llegada al sitio, como es costumbre al llegar a un nuevo pueblo, hicimos una recorrida, no sin notar las miradas de los habitantes no acostumbrados a la presencia de extraños, y menos de extraños con nuestra apariencia, -o al menos eso creíamos- por aquel entonces éramos aún muy jóvenes, y portábamos mochilas, ya que andábamos de a pie acampando en donde pudiéramos, mientras pescábamos y hacíamos nuestra tarea de investigación de casos extraños y misteriosos.
La recorrida matutina nos dejó algo cansados, por lo que a la vera del Chapaleofú Chico -accesible por la calle San Martin a no más de medio kilómetro pasando el final del pueblo- nos tiramos a la sombra de uno de los múltiples árboles; calentamos una pava y nos tomamos unos mates amargos, esperando el pique de algún bagrecito, que no se hizo esperar y nos entretuvo un rato mientras nos reponíamos con los mates y nos animábamos con la charla; hasta que el hambre y la curiosidad por comenzar a interrogar a los habitantes sobre la leyenda del ser viviente, nos hizo guardar todo en las mochilas y emprender el regreso al pueblo antes del mediodía; de pasada y como es costumbre visitamos la iglesia, una construcción relativamente moderna -algo decepcionante para nosotros- aunque sobria y bien mantenida- pero se encontraba cerrada; luego visitamos los bomberos, donde -como siempre- me presente, en mi carácter de colega, charlamos algo con el cuartelero, pero poco preguntamos por el real motivo de nuestra visita, consideramos quizás que no era el ámbito propicio... Pero pronto, ávido por hablar de la historia, un joven que cruzamos luego en una calle, nos informó que normalmente se lo describía como un monstruo o un engendro tan deforme, que no alcanzaban las palabras para describirlo, que enloquecía con su sola presencia, y que se decía -de aquellos visitantes quienes no podían evitar querer verlo- que "vienen a ver El Show" o "vienen a conocer a Mike", Mike, pronunciando en inglés, el Mike así como "maic"... Cruzamos miradas extrañadas con Abel en aquel momento, jamás esperábamos tanto en tan poco tiempo; y a la vez aún más inesperada era la referencia temporal en tiempo presente:
¡Cómo podía el ser encontrarse aún vivo luego de -la cuenta era imprecisa, pero con facilidad se puede hablar de- algo más de 240 años!
Camino a la estación cruzamos más gente, y en su mayoría nos preguntaban con una sonrisa indistintamente si veníamos a ver el show o si veníamos a conocer a Mike, la mayoría no respondía mucho a nuestras preguntas, haciéndonos pensar que ellos tampoco sabían mucho del mito, difícilmente esa gente supiera sobre las referencias históricas fechadas y coincidentes con eventos reales y confirmados, era claro que solo conocían la fábula, siendo una constante la respuesta:
"¡Pero si ustedes ya conocen la historia!".
Planeábamos gastar algo de nuestros ahorros en almorzar en el viejo Almacén Vulcano, ahora devenido en restaurante, pero antes hicimos otra de las paradas planeadas, y de nuevo con mala suerte encontramos cerrado el museo "Malvinas Argentinas", así que simplemente nos sentamos en una mesa de afuera en Vulcano y pedimos una fresca cerveza y el menú. Comimos frugalmente, tomamos la siguiente cerveza, y nos dimos cuenta de que la hermosa empleada del lugar no iba a ayudarnos aportando datos, con lo que entrando ya en la tarde, era mejor ir a dormir una siesta al lado del arroyo; tuvimos suerte y esta vez nos levantó una camioneta de trabajadores que tomaba la calle San Martín para seguir trabajando en el campo luego de un receso para almorzar, eran alambradores, nos dejaron en el puente y uno de ellos nos dijo que si queríamos conocer a Mike, que estuviéramos pasadas las 11:30 de la noche en la plaza...
Mientras pescábamos durante la tarde, relajados a la orilla del arroyo Chapaleofú Chico, debatíamos que hacer; en realidad nos parecía un chiste de todo el pueblo, el hecho de que todo sonreían al decirlo... Quizás, todo el pueblo sabía de la fábula, la consideraba ridícula y se burlaban de los visitantes que llegaban interrogando por ese mito, pero a la vez nos daba curiosidad, la cita era tal, aunque probablemente los alambradores que nos habían dejado en el lugar vivieran ahí cerca y nos hacían ir a la plaza a las 23:30 para burlarse de nosotros.
Discutimos largo rato mientras pescábamos, esa noche oscureció temprano, estábamos en el mes de agosto...
Habíamos decidido durante la tarde guardar algunos de los bagres de mejor porte para comer a la noche con algo de pan que habíamos comprado en la panadería de al lado de la iglesia, íbamos a hacer los pescados fritos, y así lo hicimos.
Comimos, estaban muy ricos. Y comenzamos a bajar el tinto que traíamos en las caramañolas francesas que siempre llevábamos en aquellas épocas, eran aquellas de aluminio forrado con paño, de base plana, que tenían dos orificios, uno grande para cargarla con tapa de corcho y uno pequeño con tapa de madera para tomar, ambas tapas unidas por sendas cuerditas al paño o a la correa de cuero para colgarla al hombro, solíamos comprar damajuanas de vino de 5 litros y llenar ambas, sobraba apenas y brindábamos con el resto antes de devolver el envase... Aquel día no era la excepción y mientras seguíamos pescando seguíamos debatiendo, enseguida note que la negativa de Abel era más por miedo real que por miedo a la burla... La ingesta alcohólica lo empezaba a delatar. Quizás él pensaba que nos podían robar o algo por el estilo, pero mi curiosidad era mucha, decidí ir solo, así lo plantee y él aceptó.
-"Te espero acá despierto." Dijo.
Y pasadas las 22:15, emprendí la caminata muy lentamente, tratando de convencerme de que quizás, solo quizás, algún dato más podría recabar, ya que ni por asomo me creía que esa noche iba a ver el mito que nos había traído, el ser viviente de Gardey...
Al llegar a la plaza, aún había algunos chicos jugando y como contaba con algo de tiempo, seguí caminando y di unas vueltas; cuando volví eran las 23:40, y decidí esperar sentado en un banco...
Poco paso hasta que sentí un chistido, me di vuelta, y vi una persona que no había visto antes, levantándome me acerque a él y al saludarlo con un cordial: "Buenas noches", su respuesta fue:
-"Estás seguro de querer ver el show?"
-"Sí." Respondí sin dudarlo.
-"Espera acá entonces." Me dijo y se perdió por una de las esquinas, nervioso como estaba apure un primer trago del licor que había llevado en mi petaquita, y sumado al vino que habíamos tomado con Abel, debo confesar que había hecho gran efecto.
Espere, y se sucedieron los tragos de mi petaquita, cuando de pronto las campanas de la iglesia me sobresaltaron. La iglesia San Antonio de Padua, que así se llama, no tiene reloj, con lo cual asumí que era costumbre tocar las 12 campanadas a medianoche, y cuando las campanadas finalizaron -al igual que el contenido de mi petaquita de licor- alguien por detrás de mí volvió a pronunciar esas palabras que aún resuenan en mi cabeza, preguntándome:
-"Querés conocer a Mike?"
-"Sí" Volví a responder ya extremadamente asustado y temblando un poco.
-"Seguime" Dijo esta nueva persona que no conocía, se dirigió a la iglesia -creo- pero no entramos, seguía cerrada, dimos un rodeo que ahora no puedo explicar, no sé si por un pasillo de al lado o en la esquina, solo sé que llegamos a un lugar donde el pasto estaba prolijamente cortado y en una vieja pared de ladrillo antiguo se abrió una puerta ante nosotros:
-"Suerte" Dijo la persona que me guiaba y me invito a entrar, pero dejándome hacerlo solo, esperaba encontrar a alguien allí, pero no había nadie, descendí por unas escaleras iluminadas con focos colgantes del techo y llegué a algo así como un salón de teatro, también iluminado por una lámpara colgante, pero que no llegaba a iluminar bien todo el lugar; al final se veía algo así como un pequeño escenario, con un telón bordeux coronado por bambalinas al tono, espere, deseando haber tomado la petaca de Abel también, o poder prender un cigarrillo, no me animaba, cuando de pronto, escuche unos crujidos leves y algo así como el ruido del giro de una vieja y oxidada bicicleta, o triciclo girando lento y suave.
Saliendo de la oscuridad por el costado del escenario y su telón, a la izquierda de las bambalinas, apareció lentamente la figura, se movía en forma sigilosa pero implacable en mi dirección. Se trataba de un artefacto como con movilidad propia, que bien podría haber sido dos sillas de ruedas con respaldo unidas por una plataforma del largo de una tercera silla, pero sin respaldo, de forma que con cuatro ruedas se sostuviera una plataforma equivalente a tres sillas de ruedas capaz de contener el ser o la cosa viviente que de alguna manera se impulsaba hacia mí...
Lo que yacía en medio era apenas descriptible y horroroso.
De alguna forma, en medio de la plataforma y sobre parte del cuerpo del ser viviente, una vela lo iluminaba, esta estaba pegada por la cera a un platillo del tamaño de los de té o café, que ostentaba un asa simple, como un plato para comer parado, pero más pequeño y de color celeste contrastando con el ocre de la creatura, el asa era atravesada por lo que aparentaba ser el único dedo del ser, y se extendía absurdamente largo, curvándose por dentro del asa y volviendo sobre si en la dirección de lo que sería su mano, aunque esta aparentaba tener solo ese dedo como si los demás hubieran sido amputados tiempo atrás o jamás hubieran crecido, se trataba de un único dedo índice y el resto de la mano -también alargada- parecía no contar con un pulgar o dedo oponible, pero si muñeca porque se encontraba curvada y continuaba en el antebrazo, si es que puede llamarse antebrazo a algo que -al parecer- provenía de un brazo que a su vez venía de lo que podría ser una espalda, ya que el brazo o lo que fuere, salía por debajo del medio del cuerpo del ser, apenas más grueso que el antebrazo y afinándose muy levemente hacia el codo y de allí a su mano de un solo dedo.
Su color era ocre oscuro, y de la última tercera parte del sinuoso cuerpo desnudo, sobresalía como un volcán sobre la llanura, una forma cónica que terminaba en una especie de cabeza que ostentaba un único y gran ojo que se abría y cerraba rítmicamente, con una lentitud perezosa, sobre dos orificios que posiblemente fueran alguna forma de vía respiratoria, y no me atrevía a imaginar que más, ya que a aquella altura yo rogaba que no tuviera una boca y hablase -aunque sabía que podía comunicarse- y tal vez fuera telepáticamente, porque en tal estado de shock que me encontraba, no era capaz de notar lo que ahora -y cuando lo rememoro aún siento escalofríos- recuerdo de forma tan vivida: ¡El ser estaba pidiéndome ayuda! Y ahora como en aquel momento, tengo la espantosa certeza de que aún se trataba de un niño...
Impedido de llorar o alguna otra clase de reacción, solo atiné a huir, pero paralizado por el terror de una forma absurda, dando saltos como de bailarín clásico de espaldas, y en semicírculo, con ambos brazos extendidos y piernas abiertas mientras de mi boca salía algo así como un alarido agudo en forma de cántico, el recuerdo aquí es borroso como un infierno de pesadilla donde uno está impedido de moverse...
Y eso es todo lo que recuerdo, desperté días después en un puesto abandonado, con un paño mojado en la frente, un hambre y sed enloquecedoras.
Abel dijo haberme encontrado aferrado a un poste a unos metros de la tranquera, a la orilla del arroyo Chapaleofú Chico, con los ojos abiertos, pero sin habla ni reacción aparente, sucio y embarrado, con abrojos, agujas de pino y cardos por todo el cuerpo, como si hubiera corrido mucho por el monte...
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¡SORTEO PARA FESTEJAR EL PRIMER AÑO DEL CANAL, ESTAMOS COMO QUEREMOS! Para festejar el primer año de nuestro canal, decidimos hacer un sort...
