sábado, 3 de diciembre de 2022

HISTORIAS DE TERROR Y MISTERIO: EL SER VIVIENTE DE GARDEY

 
El ser viviente de Gardey

Habíamos llegado temprano al pueblo entrando por la Avenida Julio Gregorini, aunque no como todo el mundo, viniendo desde la ruta nacional 226, sino desde el lado opuesto, porque proveníamos desde Barker; de donde habíamos salido por la ruta provincial 80, para luego empalmar con la ruta provincial 74, hasta el retome de la ruta 80; pasando por Vela o María Ignacia y de allí mismo, por el camino Vela-Gardey hasta el pueblo homónimo; con la intención de indagar sobre el secreto mejor guardado de Gardey: El mito o leyenda del ser viviente de Gardey.



Según contaba la historia, y esta se remontaba a tiempos muy anteriores a la fundación del pueblo, con lo cual teníamos muy pocas esperanzas de conseguir algo, había habido en la zona una misión o reducción indígena llamada Nuestra Señora del Pilar, en la cual se dice que fruto de la furtiva lujuria de un capellán -aunque otras fuentes hablan de un soldado- por una particularmente dotada india que muriendo en el parto -y hay quien atribuye su muerte al espanto de ver lo que su cuerpo expulsaba- engendró un ser con tal deformidad, que solo unos pocos clérigos se atrevieron a mirar, algunos enloqueciendo y otros llamando a pacto de silencio sobre el hecho.
Hasta aquí los supuestos hechos que dieron lugar a la fábula, quizás iniciada por algún presbítero testigo presencial, lo cierto es que las crónicas de la época solo narran sobre la muerte de una india, al dar a luz a su hijo también muerto en parto asistido por los misioneros.
Pero la tradición oral había dado cuenta que la criatura -o creatura- había sido conservada con vida, confinada en una oscura sala de lo más recóndito de los sótanos de la abadía hasta su destrucción -no fechada exactamente- pero al rededor de 1751, en manos de un Bravo cacique llamado Cangapol que según cuentan; huyo horrorizado junto con su guardia, al encontrar el engendro en las catacumbas; pero no sin antes incendiar el predio, los misioneros fueron a refugiarse a Buenos Aires, hasta que fueron echados también de estas tierras por el Rey Carlos III; y la creatura debe haberse salvado de alguna manera, ya que más adelante (1823), se la ubica en el Fuerte Independencia (hoy Tandil), luego (1853) en un antiguo casco de estancia llamado también El Pilar (nombre originario de Gardey), después (1884) en un campo lindero al arroyo Chapaleofú Chico llamado Las Horquetas, coincidiendo con la inauguración de la estación, en un suceso poco claro que involucra los hijos de un empresario inglés del ferrocarril y la criatura; y por último -y ya en alguna dependencia del pueblo mismo- allá por los años 20 del siglo XX (o de igual número, los años locos como se llamó a esa década)... Habrá notado el lector, pese a lo escueto de esta reseña -en el cuaderno de notas de mi amigo Abel se encuentran mucos más detalles y fechas en las que se hace mención del engendro en cuestión- que son múltiples y precisos los datos, aunque no hay ni aproximada una fecha de muerte, por lo que se hacen inconsistentes en cuanto a realidad fáctica, dado que de ser todo cierto:
¡La criatura habría tenido una existencia de como mínimo 180 años!
Decía antes -y cabe aclarar ahora- que cada una de las fechas en las reseñas del cuaderno de anotaciones de Abel -que son más que las aquí nombradas- y que es producto de exhaustivas investigaciones sobre el caso por parte de ambos durante años, hay un compendio de referencias a algunas historias particulares, pero teniendo todas un común denominador, y es que una o más personas en los relatos, fueron víctimas de ataques de locura temporales aunque en la mayoría de los casos permanente luego de presenciar al ser viviente de Gardey.
Habiendo aclarado el motivo de nuestra visita a Gardey, vuelvo a la narración de nuestra llegada al sitio, como es costumbre al llegar a un nuevo pueblo, hicimos una recorrida, no sin notar las miradas de los habitantes no acostumbrados a la presencia de extraños, y menos de extraños con nuestra apariencia, -o al menos eso creíamos- por aquel entonces éramos aún muy jóvenes, y portábamos mochilas, ya que andábamos de a pie acampando en donde pudiéramos, mientras pescábamos y hacíamos nuestra tarea de investigación de casos extraños y misteriosos.
La recorrida matutina nos dejó algo cansados, por lo que a la vera del Chapaleofú Chico -accesible por la calle San Martin a no más de medio kilómetro pasando el final del pueblo- nos tiramos a la sombra de uno de los múltiples árboles; calentamos una pava y nos tomamos unos mates amargos, esperando el pique de algún bagrecito, que no se hizo esperar y nos entretuvo un rato mientras nos reponíamos con los mates y nos animábamos con la charla; hasta que el hambre y la curiosidad por comenzar a interrogar a los habitantes sobre la leyenda del ser viviente, nos hizo guardar todo en las mochilas y emprender el regreso al pueblo antes del mediodía; de pasada y como es costumbre visitamos la iglesia, una construcción relativamente moderna -algo decepcionante para nosotros- aunque sobria y bien mantenida- pero se encontraba cerrada; luego visitamos los bomberos, donde -como siempre- me presente, en mi carácter de colega, charlamos algo con el cuartelero, pero poco preguntamos por el real motivo de nuestra visita, consideramos quizás que no era el ámbito propicio... Pero pronto, ávido por hablar de la historia, un joven que cruzamos luego en una calle, nos informó que normalmente se lo describía como un monstruo o un engendro tan deforme, que no alcanzaban las palabras para describirlo, que enloquecía con su sola presencia, y que se decía -de aquellos visitantes quienes no podían evitar querer verlo- que "vienen a ver El Show" o "vienen a conocer a Mike", Mike, pronunciando en inglés, el Mike así como "maic"... Cruzamos miradas extrañadas con Abel en aquel momento, jamás esperábamos tanto en tan poco tiempo; y a la vez aún más inesperada era la referencia temporal en tiempo presente:
¡Cómo podía el ser encontrarse aún vivo luego de -la cuenta era imprecisa, pero con facilidad se puede hablar de- algo más de 240 años!
Camino a la estación cruzamos más gente, y en su mayoría nos preguntaban con una sonrisa indistintamente si veníamos a ver el show o si veníamos a conocer a Mike, la mayoría no respondía mucho a nuestras preguntas, haciéndonos pensar que ellos tampoco sabían mucho del mito, difícilmente esa gente supiera sobre las referencias históricas fechadas y coincidentes con eventos reales y confirmados, era claro que solo conocían la fábula, siendo una constante la respuesta:
"¡Pero si ustedes ya conocen la historia!".
Planeábamos gastar algo de nuestros ahorros en almorzar en el viejo Almacén Vulcano, ahora devenido en restaurante, pero antes hicimos otra de las paradas planeadas, y de nuevo con mala suerte encontramos cerrado el museo "Malvinas Argentinas", así que simplemente nos sentamos en una mesa de afuera en Vulcano y pedimos una fresca cerveza y el menú. Comimos frugalmente, tomamos la siguiente cerveza, y nos dimos cuenta de que la hermosa empleada del lugar no iba a ayudarnos aportando datos, con lo que entrando ya en la tarde, era mejor ir a dormir una siesta al lado del arroyo; tuvimos suerte y esta vez nos levantó una camioneta de trabajadores que tomaba la calle San Martín para seguir trabajando en el campo luego de un receso para almorzar, eran alambradores, nos dejaron en el puente y uno de ellos nos dijo que si queríamos conocer a Mike, que estuviéramos pasadas las 11:30 de la noche en la plaza...
Mientras pescábamos durante la tarde, relajados a la orilla del arroyo Chapaleofú Chico, debatíamos que hacer; en realidad nos parecía un chiste de todo el pueblo, el hecho de que todo sonreían al decirlo... Quizás, todo el pueblo sabía de la fábula, la consideraba ridícula y se burlaban de los visitantes que llegaban interrogando por ese mito, pero a la vez nos daba curiosidad, la cita era tal, aunque probablemente los alambradores que nos habían dejado en el lugar vivieran ahí cerca y nos hacían ir a la plaza a las 23:30 para burlarse de nosotros.
Discutimos largo rato mientras pescábamos, esa noche oscureció temprano, estábamos en el mes de agosto...
Habíamos decidido durante la tarde guardar algunos de los bagres de mejor porte para comer a la noche con algo de pan que habíamos comprado en la panadería de al lado de la iglesia, íbamos a hacer los pescados fritos, y así lo hicimos.
Comimos, estaban muy ricos. Y comenzamos a bajar el tinto que traíamos en las caramañolas francesas que siempre llevábamos en aquellas épocas, eran aquellas de aluminio forrado con paño, de base plana, que tenían dos orificios, uno grande para cargarla con tapa de corcho y uno pequeño con tapa de madera para tomar, ambas tapas unidas por sendas cuerditas al paño o a la correa de cuero para colgarla al hombro, solíamos comprar damajuanas de vino de 5 litros y llenar ambas, sobraba apenas y brindábamos con el resto antes de devolver el envase... Aquel día no era la excepción y mientras seguíamos pescando seguíamos debatiendo, enseguida note que la negativa de Abel era más por miedo real que por miedo a la burla... La ingesta alcohólica lo empezaba a delatar. Quizás él pensaba que nos podían robar o algo por el estilo, pero mi curiosidad era mucha, decidí ir solo, así lo plantee y él aceptó.
-"Te espero acá despierto." Dijo.
Y pasadas las 22:15, emprendí la caminata muy lentamente, tratando de convencerme de que quizás, solo quizás, algún dato más podría recabar, ya que ni por asomo me creía que esa noche iba a ver el mito que nos había traído, el ser viviente de Gardey...
Al llegar a la plaza, aún había algunos chicos jugando y como contaba con algo de tiempo, seguí caminando y di unas vueltas; cuando volví eran las 23:40, y decidí esperar sentado en un banco...
Poco paso hasta que sentí un chistido, me di vuelta, y vi una persona que no había visto antes, levantándome me acerque a él y al saludarlo con un cordial: "Buenas noches", su respuesta fue:
-"Estás seguro de querer ver el show?"
-"Sí." Respondí sin dudarlo.
-"Espera acá entonces." Me dijo y se perdió por una de las esquinas, nervioso como estaba apure un primer trago del licor que había llevado en mi petaquita, y sumado al vino que habíamos tomado con Abel, debo confesar que había hecho gran efecto.
Espere, y se sucedieron los tragos de mi petaquita, cuando de pronto las campanas de la iglesia me sobresaltaron. La iglesia San Antonio de Padua, que así se llama, no tiene reloj, con lo cual asumí que era costumbre tocar las 12 campanadas a medianoche, y cuando las campanadas finalizaron -al igual que el contenido de mi petaquita de licor- alguien por detrás de mí volvió a pronunciar esas palabras que aún resuenan en mi cabeza, preguntándome:
-"Querés conocer a Mike?"
-"Sí" Volví a responder ya extremadamente asustado y temblando un poco.
-"Seguime" Dijo esta nueva persona que no conocía, se dirigió a la iglesia -creo- pero no entramos, seguía cerrada, dimos un rodeo que ahora no puedo explicar, no sé si por un pasillo de al lado o en la esquina, solo sé que llegamos a un lugar donde el pasto estaba prolijamente cortado y en una vieja pared de ladrillo antiguo se abrió una puerta ante nosotros:
-"Suerte" Dijo la persona que me guiaba y me invito a entrar, pero dejándome hacerlo solo, esperaba encontrar a alguien allí, pero no había nadie, descendí por unas escaleras iluminadas con focos colgantes del techo y llegué a algo así como un salón de teatro, también iluminado por una lámpara colgante, pero que no llegaba a iluminar bien todo el lugar; al final se veía algo así como un pequeño escenario, con un telón bordeux coronado por bambalinas al tono, espere, deseando haber tomado la petaca de Abel también, o poder prender un cigarrillo, no me animaba, cuando de pronto, escuche unos crujidos leves y algo así como el ruido del giro de una vieja y oxidada bicicleta, o triciclo girando lento y suave.
Saliendo de la oscuridad por el costado del escenario y su telón, a la izquierda de las bambalinas, apareció lentamente la figura, se movía en forma sigilosa pero implacable en mi dirección. Se trataba de un artefacto como con movilidad propia, que bien podría haber sido dos sillas de ruedas con respaldo unidas por una plataforma del largo de una tercera silla, pero sin respaldo, de forma que con cuatro ruedas se sostuviera una plataforma equivalente a tres sillas de ruedas capaz de contener el ser o la cosa viviente que de alguna manera se impulsaba hacia mí...
Lo que yacía en medio era apenas descriptible y horroroso.
De alguna forma, en medio de la plataforma y sobre parte del cuerpo del ser viviente, una vela lo iluminaba, esta estaba pegada por la cera a un platillo del tamaño de los de té o café, que ostentaba un asa simple, como un plato para comer parado, pero más pequeño y de color celeste contrastando con el ocre de la creatura, el asa era atravesada por lo que aparentaba ser el único dedo del ser, y se extendía absurdamente largo, curvándose por dentro del asa y volviendo sobre si en la dirección de lo que sería su mano, aunque esta aparentaba tener solo ese dedo como si los demás hubieran sido amputados tiempo atrás o jamás hubieran crecido, se trataba de un único dedo índice y el resto de la mano -también alargada- parecía no contar con un pulgar o dedo oponible, pero si muñeca porque se encontraba curvada y continuaba en el antebrazo, si es que puede llamarse antebrazo a algo que -al parecer- provenía de un brazo que a su vez venía de lo que podría ser una espalda, ya que el brazo o lo que fuere, salía por debajo del medio del cuerpo del ser, apenas más grueso que el antebrazo y afinándose muy levemente hacia el codo y de allí a su mano de un solo dedo.  
Su color era ocre oscuro, y de la última tercera parte del sinuoso cuerpo desnudo, sobresalía como un volcán sobre la llanura, una forma cónica que terminaba en una especie de cabeza que ostentaba un único y gran ojo que se abría y cerraba rítmicamente, con una lentitud perezosa, sobre dos orificios que posiblemente fueran alguna forma de vía respiratoria, y no me atrevía a imaginar que más, ya que a aquella altura yo rogaba que no tuviera una boca y hablase -aunque sabía que podía comunicarse- y tal vez fuera telepáticamente, porque en tal estado de shock que me encontraba, no era capaz de notar lo que ahora -y cuando lo rememoro aún siento escalofríos- recuerdo de forma tan vivida: ¡El ser estaba pidiéndome ayuda! Y ahora como en aquel momento, tengo la espantosa certeza de que aún se trataba de un niño...
Impedido de llorar o alguna otra clase de reacción, solo atiné a huir, pero paralizado por el terror de una forma absurda, dando saltos como de bailarín clásico de espaldas, y en semicírculo, con ambos brazos extendidos y piernas abiertas mientras de mi boca salía algo así como un alarido agudo en forma de cántico, el recuerdo aquí es borroso como un infierno de pesadilla donde uno está impedido de moverse...
Y eso es todo lo que recuerdo, desperté días después en un puesto abandonado, con un paño mojado en la frente, un hambre y sed enloquecedoras.
Abel dijo haberme encontrado aferrado a un poste a unos metros de la tranquera, a la orilla del arroyo Chapaleofú Chico, con los ojos abiertos, pero sin habla ni reacción aparente, sucio y embarrado, con abrojos, agujas de pino y cardos por todo el cuerpo, como si hubiera corrido mucho por el monte...


No hay comentarios.:

Publicar un comentario