El pueblo maldito de Oriente
Corría el año 1989, yo apenas contaba con 17 años recién cumplidos ese verano en el que la canción de moda era "La Lambada", y terminando unas hermosas mini-vacaciones en Reta, luego de una alocada noche en una fiesta que no recuerdo porque motivo se celebraba en un club de Copetonas, subimos al auto algo pasados de alcohol y como obvia consecuencia, perdimos la caravana de coches de regreso al balneario y la desdicha hizo que encontremos el pueblo maldito de Oriente; que, sepan diferenciar queridos suscriptores, no es el pueblo de Oriente. El que está cruzando el Quequén Salado o Mulpunleufú viniendo de Copetonas por la 72 y cruzando el puente nuevo; ni tampoco por el camino a La Cascada cruzando el puente viejo de la usina; tampoco es población cercana al balneario, ya que no se cruza el río, -o tal vez si-; y no puedo decirles si está cerca de la Cueva del Tigre, escondite del bandido rural, Felipe Pacheco, conocido como el Tigre de Quequén; o más para el lado de Reta. Porque es pueblo que solo encuentran quienes han perdido su rumbo, los perdidos, más allá de la orientación geográfica, sabrán entender que al encontrar el pueblo maldito de Oriente, es porque están perdidos en tiempo y espacio, porque aquel pueblo y sus características no son admisibles en el reino de la cordura.
Al ingresar al pueblo, por lo que aparentaba ser la calle principal que se encontraba cubierta de lo que semejaba ser de adoquinado pequeño que parecía moverse, note que se trataba de un lugar evidentemente muy antiguo, faroles en cada esquina surgiendo de columnas hexagonales u octogonales de hierro fundido eran la iluminación escasa y aparentaban ser incandescentes o a mecha combustionando cera, el resplandor de los parabrisas empañados no me dejaba distinguirlo con certeza. Pese a lo avanzado de la hora -al menos la hora real de donde proveníamos- el pueblo se encontraba con mucha gente caminando por las calles, apenas a unos metros de conducir note con sorpresa (y algo de repulsión) que la calle tanto como las veredas estaban plagadas de lo que parecían ser anfibios, batracios y/o reptiles, -cosa que me había hecho creer anteriormente que los adoquines se movían- todo el tiempo sentía como los aplastaba con las ruedas del auto tal era la cantidad, y en las veredas los hombres caminaban pisándolos, también indiferentes pese a que todos se movían pesadamente como sin ninguna prisa o lugar donde concurrir o de donde provenir. Intercambiamos miradas extrañadisimos con Abel, sabiendo y sintiendo nuevamente que habíamos cruzado esa línea, que nos separaba de la extraña dimensión alterna a la realidad de las personas, estábamos ante uno de los tantos misterios de nuestra provincia, esta vez uno nuevo, no buscado.
A medida que incursionaba en aquel extraño pueblo no identificado, fui notando que la gente -los hombres- eran parecidos entre sí, casi podría decir que no podría diferenciarlos, y ya dando la vuelta a la izquierda al ver que allí sería la plaza, -que la había, como en todo pueblo- e insisto, pese a la hora, veía hombres y niños en ella, pude notar también con aprehensión -y podría decir algo de espanto- que había un alto porcentaje de niños deformes, que parecían conscientes del rechazo que producía verlos y lo disfrutaban, ya que a mi paso todos detenían sus indistinguibles actividades (no semejaban ser juegos), y me observaban con sus sonrisas -si es posible llamarles sonrisa- de satisfacción posiblemente al ver, (o sabiendo) de mi expresión facial horrorizada...
Giré a la izquierda justo para ver el único cartel visible hasta ese momento y que rezaba "A la Estación" solo así, sin nombrarla, como si la estación -y tal vez el pueblo- no tuviera nombre, pero hice caso omiso, el cartel indicaba una dirección perpendicular a la calle principal y se adentraba en algo así como un callejón, pero mucho más oscuro que el resto de las calles donde se veían sombras que no me daban mucha confianza, adivine casi un gesto de alivio de Abel con el rabillo del ojo al comprobar que no había decidido ir por el camino "a la estación"; un nuevo giro a la izquierda luego de transitar la calle paralela a la principal viendo cada vez más niños que con su deformidad facial ensayaban muecas a nuestro paso y las oscuras sombras de los hombres mayores que quizás los acompañaban, pero que en ningún caso alcanzaba a ver sus rostros, (no quieren mostrarme que todos son iguales, pensé) mientras un pensamiento aún peor se habría paso "tal vez no tengan rostro".
Retomando la calle principal, debido a que curiosamente podía darse la vuelta completa a la plaza sin encontrarse con una calle contra mano porque al parecer todas las calles eran doble mano o al menos esta no estaba identificada, (así como tampoco su nombre, pensaba) seguí conduciendo por la calle principal hasta que tome conciencia que los hombres que transitaban cansinamente las veredas era gente sucia, vistiendo antiguos atuendos, y nadie sonreía (porque no tienen rostro salvo los niños) pensé en ese momento, y cuando estaba a punto de dar una vuelta en "U" en la misma calle principal, ya que me atemorizaba que podría encontrar en calles paralelas, crucé un antiquísimo colectivo que parecía ser un Chevrolet de la década del 30, con capacidad para no más de 7 pasajeros al cual no veía mucho, pero que en un momento donde uno de los faroles me permitió mirar su interior, pude ver que 3 hombres al menos viajaban en él y horrorizado confirme que al menos 2 de ellos aparentaban ser gemelos y el tercero a quien no había podido ver se encontraba de espaldas girando su cabeza a mirarnos justo en el momento en que la luz se perdía, pero podría jurar que era igual a los otros dos, en ese momento y habiendo perdido el cruce de calles, divise en la siguiente cuadra, lo que parecía ser el único lugar que había abierto en una esquina de la mano contraria, el cartel sobre la puerta solo decía "Bar", continué a escasa velocidad por la destruida calle principal, oyendo los crujidos de batracios o anfibios romperse los huesos y siendo aplastados ante el peso del vehículo al pasarles por encima las ruedas, advirtiendo también que lo que en principio creí que era un adoquinado, no era más que escombros del material en que estaban hechas todas las casas, con mucha cal y con la tosquedad de un horno de barro. Tan solo una cuadra más y el pueblo se terminaba, un camino, que ahora veía era un camino costero perpendicular a la calle principal daba fin al lugar y como de repente tras de mí el colectivo volvía de su absurdo recorrido de apenas 5 cuadras, ya que había alcanzado a ver que el mismo solo daba la vuelta a la plaza (sin municipalidad, sin escuela y sin iglesia a su alrededor) y retomaba la calle principal hasta el inicio del pueblo al lado contrario de donde estábamos y por donde habíamos llegado, le di paso y volví a ver caras similares (ahora las que iban sentadas del lado opuesto) sin querer observarlas demasiado, el pequeño colectivo siguió, dio la vuelta en aquella especie de rotonda que daba fin al pueblo y que era también la calle costanera desde donde divisaba un puente que se internaba en el mar, entre las olas, de las cuales apenas escuchaba un suave murmullo.

El puente debió haber sido de ferrocarril, ya que a la distancia no tenía aspecto de ser transitable porque se podía observar la luz tenue de la luna entre los durmientes, sino un puente de cemento de un ferrocarril que no existe ni existió nunca, una vía por la que no pasa y nunca paso ningún tren salvo uno fantasma que la providencia ayudo a que yo no viera, pero que tal vez me espera en algún oscuro rincón de mi futuro, que sin duda me depara nuevos terrores.
Continué dando la vuelta a la rotonda detrás del colectivito que se alejaba a mayor velocidad que mi vehículo (no quería alcanzarlo y ver detalles de el) sin que bajara ningún pasajero, el absurdo recorrido era al parecer eterno, y al ir acercándonos al local abierto (El Bar) y donde tenía decidido bajar en acuerdo tácito con Abel ya que rara vez era necesario hablarnos cuando acordabamos algo; estaba con muchas ganas de orinar primero, y terminar de emborracharme después, las luces se atenuaban a medida que me acercaba y lo que parecía ser un lugar agradable fue convirtiéndose ante mis ojos en lo que realmente era, un lúgubre antro de deformes seres que nos miraban bajar del auto y caminar hacia la puerta que se encontraba en medio de la ochava.
Habiendo pasado el punto de no retorno, tal vez imaginamos que si retrocedíamos y volvíamos al auto algunos saldrían el "bar" a increparnos, entramos intentando por todos los medios no hacer contacto visual con nadie, pero sintiendo pesadamente sus miradas y nos dirigimos a una mesa vacía con una amplia ventana que daba a la calle principal desde donde veíamos nuestro auto y perpendicularmente también podíamos observar el mar, el imposible puente de ferrocarril que en el se internaba, la costanera de extraña vegetación en los medanales y la rotonda donde el colectivo bonsái de 50 años de antigüedad retomaría su camino eterno con sus pasajeros idénticos...
Al entrar había visto una puerta que indicaba WC, pero espere, aún podía contener unos minutos, un tipo grande con aspecto que hoy diría semejante a un ser sacado de la película Piratas del Caribe, rodeo el largo mostrador donde otros tipos se encontraban ante sus vasos, y se dirigió a nosotros, dos cervezas por favor, dije sin que llegara a la mesa, pero aun así lo hizo, una mano grotesca empuñando un inmundo trapo se deslizó por nuestra mesa, nos miró a ambos y volvió tras la barra. Al cabo de unos instantes regresaba con dos Quilmes de 3/4 y dos vasos de chop sorprendentemente limpios, nos servimos y brindamos por nuestra suerte para poder salir de ese lugar. Y acto seguido, termine mi vaso, me serví otro, pero dejándolo en la mesa, me dirigí al baño, como era de esperarse, había letrinas en boxes de madera antigua y gruesa, pero que no alcanzaban más de metro y medio de altura e iniciaban así mismo a medio metro del suelo. Al regresar encontré a Abel encorvado, mirando fijo la mesa, se había puesto el abrigo, aunque hacía calor, transpiraba y parecía temblar.
"¿Qué te paso?" -Pregunte.
No me respondió, pero señalo la barra donde el tipo que nos había servido nos miraba.
"¿Te sentís enfermo?" -Pregunte luego mirando que ni había probado la cerveza, con lo cual no era de la botella de donde provenía su malestar.
Asintió con su cabeza y volvió a señalar la barra y al tipo.
"¿El dueño del bar te hizo algo?" -Pregunte mirándolo y asintió nuevamente con la cabeza.
Atento como estaba a mi amigo, no pude ver que el tipo junto con otros dos que también atendían el lugar se nos acercaron.
"¿Algún problema?" -Inquirió en tono algo amenazante uno de ellos.
Mire a Abel y mirándome por primera vez a los ojos hizo un gesto negativo.
Su mirada era de advertencia hacia mí.
"No, mi amigo parece sentirse mal, solo eso." -Dije tratando de tener mi voz calmada.
Se miraron y hablaron entre ellos en un lenguaje foráneo, indistinguible para mi, quizás incluso de un alfabeto diferente al nuestro.
El que nos habló antes volvió a dirigirse a nosotros mientras el dueño se alejaba como furioso.
"Ni probó la cerveza, y solo El Superior se acercó a él." -Dijo.
"Está bien, nadie está acusando a nadie de nada." -Respondí.
Se alejaron no sin antes intercambiar algunas palabras en ese extraño lenguaje y se perdieron detrás de la barra.
En el bar no me animaba a mirar a nadie más que a los que se hallaban sentados de espaldas a mi por temor a lo que fuera a ver, supe al instante que había categorías o más bien jerarquías entre ellos y fueran lo que fueran, los que se hallaban sentados eran peores que los que jugaban billar, peores que los que se hallaban de pie frente al mostrador, incluso peores que los que atendían el lugar, salvo lógicamente que el que enfermo a mi amigo, que no solo parecía ser el dueño del bar, sino de todo el pueblo. "El Superior" tal como lo habían nombrado sus empleados ayudantes o lo que fueren...
Esperando que sea algo leve y fortuito, dirigí mi mirada a la calle viendo pasar más gente de a pie.
No se veían mujeres, pero las habría, encerradas. Lo sabía como uno sabe ciertas cosas, sin animarse a preguntar o simplemente las sabe porque las sabe, como que si uno mira fijamente al sol puede quedarse ciego, uno no recibe jamás esa advertencia de sus padres o en la escuela, simplemente lo sabe y así era. Y así siempre sería que sabía muchas cosas y esta no escapaba al alcance de esa norma, regla o lo que fuere que nos rige, y temía estar en lo cierto, pero en este pueblo las mujeres estaban encerradas por alguna razón que tampoco me animaba a preguntar. Tal el horror que me embargaba.
Había una televisión funcionando sin que yo entendiera que es lo que había sintonizado, pero cuando tome conciencia del aparato y quise ver que mostraba la pantalla alguien lo apago como si no quisieran que yo tuviera un escape a una realidad que no fuera la de ese encierro o tal vez alguna otra cosa, tal vez no quisiese que viera que las imágenes que mostraba no eran normales como nada era normal en aquel lugar.
Cuando el TV se apagó solo se escuchaba una radio donde nunca nadie hablaba, solo pasaba una música instrumental e ininteligible, de tal modo que no podía identificarse instrumento alguno de sus sonidos, sin base rítmica y que nunca acababa.
Comencé a darme cuenta de que era un todo, que el pueblo entero estaba en mi contra y podría actuar si yo lo desafiaba, lo ofendía o algo.
El dueño (o El Superior) se había vuelto a acercar a nosotros y parándose al costado de nuestra mesa, volvió a preguntarme -pero claramente en forma sarcástica- por Abel, fingiendo una preocupación deliberadamente digna de poca credibilidad y esperando una respuesta me miraba a los ojos desafiándome, retándome a que rompiera con esa supuesta amabilidad.
Tanta absurda hipocresía me había superado y corriendo un riesgo imposible de calcular, le espeté:
-"¡Usted lo enfermo!"- En un grito por fin liberado.
Los ojos de ese ser dueño del lugar, del pueblo o de lo que fuera festejaron mi atrevimiento y alejándose unos metros de mí, como reculando, pero no retrocediendo, invito a todos en el lugar a venir hacia nosotros sin expresarlo...
No puedo recordar, y no sé cómo escapamos, se que en ese momento saltamos por la ventana y solo tengo memoria de partes de una alocada carrera hacia el auto con Abel apenas pisando, -tal es como lo arrastraba- apenas subir e iniciar la marcha con el pequeño colectivo tratando de cruzarse en nuestro camino (sabía de nuestro atrevimiento y falta de respeto) y los "semejantes" -como luego se me ocurrió llamar a todos esos caminantes de las calles con rostros similares- pesadamente intentando interrumpir nuestra marcha...
Y ya no recuerdo mucho más, salvo salir de la calle principal por donde habíamos entrado y en algún momento retomar el rumbo, al preguntarle a Abel, me respondió que ya no recordaba que le había hecho El Superior, tan vez solo tocarle el hombro dijo, luego me comento que inmediatamente que encontramos el camino al balneario, sus dolencias habían desaparecido, retomamos el rumbo, volvi a pensar... El rumbo lógico, el de la cordura, donde ese pueblo infame y maldito no tiene lugar ni tiempo.
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