Hacia la luz.
Cae la tarde sobre el patio de una casa, en las afueras de una ciudad del Oeste bonaerense. Sobre una rudimentaria percha hay un ave de presa.

Su pico se abre con dolor.
Los ojos del ave cazadora están cada vez más hundidos, enflaquecido, a pesar de la carne de vaca que recibe cada día.
El dolor del ala lastimada ya ha pasado hace meses, pero no sabe si podrá volar tan lejos. Sus deseos de regreso que le reclama el instinto están atenuados por los intensos fríos. Comienza a sentir un leve sopor y recuerda cuando, volando muy alto en el cielo de su Texas natal, sintió en el aire una leve insinuación del otoño que se aproximaba como un hálito frío cerca de sus ojos.
Observó a toda la bandada buscando insectos, y en la resplandeciente lejanía algunos hombres (cuya visión no sería ta aguda como la de él: todo un Buteo Swainsoni) que estaban mirando el cielo, seguro verían a todos sus hermanos como puntitos sobre el aire polvoriento.
Siguiendo las mangas de langostas y al instinto, comenzaron la lenta migración hacia el Sur, fueron comiendo día a día insectos que cazaban en el aire, y dormían cada noche sobre la copa de los árboles más altos.
Muchas veces bajaron las langostas sobre los campos de los hombres, y él junto con toda la bandada las siguieron hasta el suelo, allí se hicieron un festín. También volaron bajo en los días de tormenta, de viento o de calor, buscando insectos escondidos entre los frescos pastos; si ocasionalmente, se cruzaba algún ratón de campo, le hacía compañía a las langostas.
Ya en octubre, en la gran ciudad y posado sobre un alto eucalipto, observó hacia el poniente las inmensas pampas. Allá estaban los grandes campos llenos de insectos, algunos ríos y lagunas. Si, sobraba comida para todos. Y hacia el Oeste voló con sus hermanos.
Un día caluroso de febrero, volando bajo pues, se acercaba una tormenta, sintió en el ala el golpe de un proyectil de plomo, que le arrojó un pichón de hombre con un arma de hierro y madera entre sus manos.
¿Por qué...?
Si yo no hago más que limpiar su campo de langostas y roedores, que tanto daño hacen a sus cosechas, siendo estos últimos portadores de graves enfermedades que atacan a hombres y animales.
¿Por qué...?
Voló lejos, el ala lastimada le dolía mucho y cayó al suelo. El sol brillaba desde un cielo límpido de color azul vibrante. Descansaba en el suelo entre altos pastos, cuando sintió unos gritos de hombres que lo vieron, quiso volar y no pudo... se oscureció de golpe la tarde... sintió una bolsa de arpillera que lo cubrió y así... perdió su libertad.
Mientras lo contemplaban en silencio, observaron el anillo que orgullosamente lucía en su pata y leyeron en voz alta:
AVISE BIRD BAND WRITE WASHINGTON DC USA 987-34080
Lo llevaron a esa casa, le ataron un cordel de nailon a la pata y quedó sobre la percha.
Llegaron los fríos, debía regresar a Texas, buscar pareja, cortejarla, hacer el nido, criar los hijos...
Pero ¿cómo explicarle a los hombres?... ¿Cómo decirles que avisen a quien puede rescatarlo?...
¿Cómo?...
Pasan los meses, llega agosto. Hoy hace mucho frío y continúa prisionero a la intemperie, se siente enfermo y triste, la helada que presiente esta noche será brava, una extraña sensación lo amodorra... Tal vez mañana lo liberen... Quien sabe si podrá volar hasta su tierra... Hace frío... Mucho frío... Tal vez...
En la mañana helada, se levantó una ligera neblina, a través de la cual el sol produce un extraño caleidoscopio de cambiantes colores.
Pálidas luces doradas despiertan a los hombres mientras que, durante un instante... un silencio de pájaros rinde homenaje al ave muerta.
ALLÁ VA.
HACIA LA LUZ...
Hacia otra dimensión, en un cielo de aves, donde ni siquiera el alma de hombres buenos, podrá rozar sus doradas plumas y bellas alas lo llevarán libre para siempre.
Marcelo Ram para la revista Aire & Sol Abril de 1986.