miércoles, 2 de noviembre de 2022

HISTORIAS DE TERROR Y MISTERIO: LA TORRE DE LABARDEN

La Torre de Labardén

La Torre de Labardén, tiene ojos propios y observa a sus visitantes y a todo aquel que pasea en su cercanía.
Es Torre sin punto fijo, o ubicación permanente, la torre gira, se inclina y cambia de lugar, o al menos eso se evidencia de las descripciones y los relatos de quienes la han visto.
Se trata de una construcción muy aislada, en medio de un potrero aparentemente improductivo, se la divisa muy antigua, en ladrillo desnudo, tal vez ladrillo colonial. Su construcción es de forma hexagonal, octogonal, o tal vez circular, de quizás siete a nueve metros de diámetro en su base. Una conicidad mínima pero apreciable la lleva a tener tal vez dos metros menos de diámetro en su cúspide sin almena, y una vertical que se eleva a probablemente veinte a treinta y cinco metros de altura hasta su techo, si es que lo tiene. Se la ha descripto como levemente inclinada hacia un lado, indistintamente derecha o izquierda, pero casi todos coinciden en que esa inclinación se pierde, o bien se "torna" hacia el lado del observador en algún momento.

 

Se habla de que pudo haber sido un gigantesco palomar y hay quienes la describen con huecos entre los ladrillos favoreciendo esa teoría; otros hablan ella como de una especie de chimenea para alguna clase de combustión subterránea, pero nadie jamás ha visto -o ha contado al menos- de humo o algún tipo de vapor saliendo de ella; alguno ha aventurado que se trata de un gran silo en desuso, pero esa observación es incoherente con la afirmación de las dos ventanas en la que todos los que dicen haberla visto coinciden, al igual que quienes afirman que se trata de un enorme tanque, afirmación más que inconsistente con las ventanas aún. Y... De ladrillos? Y en todo caso, tanque de que? De agua? Para abastecer que? Para riego y bebederos sobraría con un molino y un tanque australiano... En todo caso, ninguno concuerda en la forma, tamaño y ubicación de estas ventanas, aunque sí algunos, los que más cerca han llegado -y han vuelto para contarlo- concuerdan en que ambas se ubican simétricamente y orientadas en el sentido de la inclinación final hacia el observador y en que parecen ser ojos...
Y aquellos que, de acuerdo a su propio relato, más cerca han estado de La Torre -y han podido volver para contarlo- también concuerdan en la -y ahora sí, surge de las historias la palabra- "aparición" de una puerta; acá de nuevo se diversifican las versiones de los hechos, con algunos relatos que hablan de una sólida y robusta puerta, tal vez de roble antiguo con una gran cadena y un enorme candado cuya llave se encuentra puesta en el candado o es vista debajo, en el piso; otros cuentan de una visible cerradura con una gran llave herrumbrada dentro de ella o que es vista también al pie de ella, en el suelo; otros en cambio, dijeron que hay una gran puerta de madera o tal vez de metal herrumbrado, entreabierta, muy deteriorada por los años a la intemperie, que no posee asidero ni cerradura a la vista; y otros hasta incluso nada, solo el marco de una puerta ya perdida, caída, o simplemente el hueco de la abertura de la misma y la oscuridad interior...
Los habitantes de Labardén no hablan de La Torre entre sí, no hablan de ella en sus casas, en los periódicos, en las radios, en la televisión, ni en la escuela Nro. 11 "9 de julio", no se habla de La Torre en la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús, tampoco en la Panadería La Reina, ni siquiera en el Taller Mecánico de Beto, o en la Farmacia, tampoco hablan de ella en la Estación de tren y salvo que se le pregunte a algún paisano animado por la grappa, la caña, la ginebra -o alguna otra bebida espirituosa- tampoco es tema de conversación en el Bar "El Descanso", pero todos en Labardén saben de su historia.
Nadie habla de La Torre en Labardén, a menos que el visitante curioso, enterado de la fábula, cuento, mito o leyenda -como quieran llamarle- interrogue a los lugareños. Aunque los habitantes del lugar no son particularmente celosos a la hora de hablar de ella, por el contrario, siempre se muestran ávidos de satisfacer la curiosidad del forastero repitiendo una vez más, alguno de los testimonios que les son ajenos.
Es común que lleguen turistas, especialmente para la época de La Fiesta del Caballo Criollo, orgullo de Labardén, pero no es tan frecuente que lleguen visitantes fuera de esas fechas, y cuando lo hacen es muy posible que lo hagan preguntando por La Torre, sea porque les han contado o han oído alguna de las historias y quieren verla, o porque la han visto al pasear por el pago.
Los primeros, al principio lo hacen con timidez, como con vergüenza, pero ni bien notan que su interlocutor conoce la historia, y como todos en Labardén la conocen y muy pocos resisten la tentación de hablar de ella cuando se presenta la oportunidad, los visitantes se ponen inquisidores, se animan y empiezan a pedir detalles, detalles de las historias conocidas y luego detalles concretos, dirección, ubicación, distancia, no aceptando la negativa en ninguna de sus formas cuando el local con absoluta sinceridad y franqueza, afirma no tener idea de su paradero, ni siquiera como para dar un rumbo orientativo; ya que hay quienes dicen haberla visto a pocos kilómetros del pueblo, y otros llegando a Solanet al oeste, casi subiendo a la ruta 60 al norte, pasando la 74 al sur y hasta algunos afirman que está a la vera de la ruta nacional número 2, la autovía que une Mar del Plata con Buenos Aires; aunque en general la ubican en las cercanías del Arroyo Chelforó o la laguna homónima, visible a algunos cientos de metros -otras veces a unos pocos kilómetros- dentro de un potrero desde un camino rural, y las indicaciones varían en su orientación, siendo con el sol de frente, de espaldas, de un costado o el otro, pero siempre de tarde y pasada la hora de la siesta, con el sol cayendo...
Otros simplemente preguntan por lo que han visto, interrogando de que se trata, quien la hizo, cual es o fue su función, y otros datos... Estos últimos, en su gran mayoría se sorprenden y se asustan al escuchar la narración, aunque una parte de ellos no expresa sorpresa, solo se asustan más y visiblemente, tal vez porque hayan sido quienes han sido mejores observadores y notaron las incongruencias de su de su propia percepción, o quizás simplemente confirmaron que la han visto moverse o corroboraron que eran ellos quienes estaban siendo "observados"...
En todo caso, esos son los dos tipos de visitantes que preguntan por La Torre, aquellos que llegaron atraídos por la leyenda y aquellos que sin conocerla se toparon con ella de paseo por los alrededores de Labardén, porque como decía anteriormente, ninguno de los habitantes del pueblo o de la parte rural de Labardén habla de La Torre, y esto es también por dos razones, aunque algo más macabras en este caso; la primera de las razones -y donde encaja la mayoría- es porque nunca han visto La Torre, y de hecho cree que se trata solo de una leyenda o mito inventado por alguien de fuera del pueblo, ya que nadie de él o de las afueras admite haberla visto, y si es que alguno lo hizo se lo guardo para si mismo, porque jamás lo ha confesado a otro vecino; la segunda de las razones -y esta sí es la macabra- es porque en la inmensa mayoría de los casos, los pobladores locales que la han visto -así como también algunos visitantes- no han vuelto para contarlo.
Como sea, La Torre los atrae, tanto a los visitantes que oyeron la historia y cautivados por ella se acercaron al pueblo, como a los que la han visto a lo lejos por primera vez en forma fortuita y se vieron incentivados a preguntar a los residentes por ella, como a quienes no satisfechos con haberla visto a la distancia se acercaron más para comprender que algo tenebroso hay en ella y aun así decidieron volver a buscarla luego o solo se aproximaron más aun internándose en ese potrero hostil entre cardos, ortigas y otras malas hierbas tropezando con hormigueros, metiendo los pies en agujeros de vizcacheras y a riesgo de ser picados por víboras, cuando todo en ellas les decía que se alejen que algo "muy" malo hay en ese lugar y aun así siguieron adelante con el sol ocultándose, a sabiendas que deberían emprender el regreso casi en penumbras por ese mismo terreno adverso...
La Torre los observa, ahora La Torre los conoce, luego, La Torre los quiere cerca -o tal vez dentro- entonces ejerce su fuerza haciendo que la curiosidad supere todo instinto de preservación y sentido del peligro obligándolos a ir hacia ella, hacia ese influjo que se intensifica con la proximidad como un polo magnético o gravitatorio que acrecienta su dominio en función de la cercanía de su centro de poder.
Esa, es La Torre de Labardén, protagonista principal de este cuento y muchas sus víctimas, protagonistas secundarios, por eso no quiero relatar la vivencia particular de alguna de esas víctimas sino narrar objetivamente los hechos de los que tengo constancia, como vengo haciendo hasta ahora y que sirvan a modo de advertencia para todo aquel que pase o por la razón que fuere transite el camino de enlace a Maipú, viniendo de la ciudad, o habiéndose desviado de la ruta 74 y sienta la necesidad de detenerse en ese hermoso pueblo, no instigo a que no lo haga, Labardén es un pueblo digno de ser visitado por muchas razones que escapan a los alcances del fundamento de este relato, solo apelo a su prudencia; no pregunte por La Torre, no intente buscarla, no tengo forma racional de advertir a quien no sepa de La Torre, es decir que no haya oído de ella, pero si, mediante esta narración puedo alertar al que si sepa de La Torre o se entere por este escrito, y le aviso: no pregunte, no busque, no salga de las inmediaciones del pueblo salvo por el camino por el que ingresó y si aún siguiendo mi consejo y volviendo sobre sus pasos llega a ver La Torre, no la mire, no se detenga, siga su camino, advierta a su compañía si la tiene, evite que la miren y entren en su círculo de poder, evítela, siga su camino a Maipú o al empalme con la ruta 74 a Las Armas, y si en el peor de los casos su vehículo sufre una avería que lo obliga a detenerse; bajo ninguna circunstancia se acerque, ni permita que sus acompañantes lo hagan, intente comunicarse con el servicio mecánico, con el auxilio de la autovía 2 al número (*788) desde el celular y espere la asistencia dentro del vehículo evitando por todos los medios mirar La Torre; ella lo mirará, posiblemente se acerque, gire, o se incline hacia usted, si es así, no entre en pánico, solo ignórela, solo usted por sus propios medios puede aproximarse lo suficiente como para...
Y es aquí donde mi conocimiento -y probablemente el de todos los seres humanos que hayan sabido de los hechos de La Torre- hace agua, no sé de nadie que sepa que ocurre en su interior, no sé que sucede si uno toma la llave y abre el candado, no se si hay candado, no sé que sucede si se gira la enorme llave que se ha visto en la cerradura de su sólida puerta de roble, porque no se si existe tal puerta o llave, no sé que sucede si se empuja la desvencijada puerta de madera podrida que han visto otros, porque no se si existe tal puerta, no sé que sucede si se atraviesa el marco remanente de la puerta hacia su obscuro interior, porque no sé siquiera si existe tal abertura...
Pero si sé que existe La Torre.
Solo sé que La Torre existe porque yo la vi, no vi una puerta tal vez porque no me acerque lo suficiente, pero no vi ventanas, "creí" ver ojos, y también creí ver que cambió la inclinación de La Torre misma, así como la ubicación de los "ojos"... Que me vio es especulación intuitiva, que por lo tanto ahora me conoce, va más allá de mi lógica racional, ambas cosas por lo tanto las considero inaceptables para este mundo que hasta donde sé es el único, que ahora me quiere cerca, también entra en el terreno especulativo e irracional, pero soy consciente de que algo me impulsó -y continua haciéndolo- a volver y no se si tendré la fortaleza para volver a enfrentarla sin sucumbir en su manto de poder y la templanza para no rendirme a la locura de sus deseos y acercarme a ella para quizás ya no volver al imperio de la cordura.
Quienes me conocen pueden firmar constancia de mi extremo escepticismo pero también pueden dar fe de mi infinita curiosidad y allí es donde ambas fuerzas pujan por el dominio de mi conciencia, en aquella ocasión pudo más mi juicio puesto de manifiesto en forma de sensatez al hacerme volver porque obscurecía y la noche me tomaría por sorpresa en medio de un campo repleto de peligros -aunque simples y terrenales- como las serpientes, pozos de vizcachas, hormigueros y vegetación espinosa y tal vez, y solo tal vez, me salvo de algo que va más allá de mi comprensión y raciocinio. Pero la próxima vez, mi escepticismo y mi curiosidad, se unirán o entrarán en conflicto? Da igual, lo seguro es que ambos se suman haciéndome superar mis miedos sencillos y mundanos en pos de...? Esa es la otra pregunta que no puedo responder... No lo sé...
Solo sé que he vuelto y no encontré La Torre en su obscuro lugar, los peones hace tiempo se alejaron, no puede haber damas, ni caballos, ni obispos en ese lugar. Fue un enroque largo.
Salud!

Virgilio Hernan Baez


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